Capítulo 19
[Bésame en Italia]
Carime estaba muy animada. Más que de costumbre. Eso significaba una sola cosa: había encontrado una pareja de chicos, o creía haberlo hecho.
—¡Son guapisimos! —exclamó la infante—. Uno rubio y el otro moreno. Un sueño hecho realidad. Son los encargados de la tienda de recuerdos y me dejaron tomarles una foto.
—Nunca he entendido porque te gustan ese tipo de relaciones —preguntó Leo cuando terminó de servirse otra brocheta en la improvisada fiesta de playa organizada por los gemelos.
—Son lo mejor que puede existir —argumento la niña—. Son la muestra de amor más grande en el mundo. Para una mujer el romance es muy importante.
Leo se sintió frustrado con la respuesta de su sobrina. Después de todo su gusto parecía incorregible.
Y a pesar de todo ahí estaba todo el grupo. Sin embargo, Edgar estaba tímido, Alicia parecía enfurecida y Leo más preocupado por comer que por averiguar lo que ocurría con sus amores.
«¡Hey fratello!» gritó un hombre que pasaba casualmente por aquella cena al aire libre. Nadie pareció interesarse, con la excepción del profesor Filippo.
Se levantó y fue al encuentro del misterioso sujeto.
Charlaron aproximadamente dos horas. Todo en italiano.
Al finalizar Filippo volvió con el grupo.
—Coman bien, dense un buen baño y preparen su mejor ropa para mañana.
—¿Qué haremos mañana? —preguntó Erick.
—Asistiremos a la boda de mi hermano —respondió entusiasmado—. Me ha invitado en este momento.
Hubo comentarios y murmullos.
—¿Usted es italiano? —pregunto Julia.
—Sí, en efecto.
—Siempre pensé que solamente hablaba el idioma.
—No. Nací en la bella Venecia. Pero me trasladé a México cuando tenía dieciséis años.
No era difícil imaginar esa posibilidad.
La emoción y la confusión se sentían en el aire. Ahora pasaban de un viaje de estudios a invitados de una boda.
Prosiguieron comiendo. De pronto la paz se esfumó cuando Alicia pidió, casi ordenando:
—Quiero cambiar de compañero de habitación.
El silencio imperó un momento.
—¿Por qué tienes esa petición? —interrogó Filippo.
—Simplemente ya no quiero compartir el cuarto con Edgar. Prefiero compartirla con Leo, después de todo él es mi mascota.
—Si es lo que deseas entonces tu nueva compañero será Julia —dijo Aldo—. Después de todo nunca me agradó la idea de que las muchachas tengan que dormir en el mismo cuarto que los hombres.
Esa no era la solución que Alicia esperaba, pero Aldo tenía algo que provocaba obedecerle sin chistar.
La ceremonia religiosa fue hermosa. No entendieron mucho de lo que decían pero aun así estuvo hermosa. El novio todo elegante. La novia preciosa y con lágrimas de felicidad.
Ya en la recepción todos charlaban dispersos, luciendo sus trajes y vestidos nuevos. Era de esperarse que los gemelos compraran atuendos para todos, y es que sería demasiado grosero acudir con fachas a una boda. Y siendo francos nadie rechazaría un genuino conjunto italiano de una reconocida casa diseñadora.
—¡Yo quiero atrapar el ramo! ¡Yo quiero atrapar el ramo! —decía constantemente Julia—. ¿Aquí acostumbran hacer eso? Bueno, no importa, de todos modos me quedaré con el ramo.
—¿Tanto necesitas casarte? —cuestionó Alicia.
—Bueno, no es una necesidad primordial, pero me gustaría en algún momento llegar a un altar con el hombre que amo. ¿Tú no crees lo mismo?
Alicia meditó un momento. Inconscientemente giró la cabeza para ver a Leo, que charlaba con Edgar y Aldo en ese momento.
—Ya decía yo que era mucha coincidencia —comentó Julia con voz picara.
—¿Qué tratas de decir? —interrogó Alicia un poco nerviosa y confundida.
—¡Estás enamorada de Edgar!
—¡Claro que no!
—No finjas. No le quitas la mirada de encima, y encima durmieron en el mismo cuarto la primera noche. Sé que discutieron como todas las parejas, pero eso es normal y…
—¡No me gusta Edgar! Es apenas un niño. Me gustan los hombres, no los infantes.
Ahora Julia estaba confundida. Pero así como llegó su confusión así se esfumó. Ahora se apartaba para socializar con los invitados. Al parecer su plan era seducir algún italiano guapo.
Mientras tanto la maestra Cristina parecía un poco alterada, todo porque en la mesa de junto había un hombre regordete y con traje negro que parecía sacado de una película de mafiosos. No es difícil imaginar en lo que pensaba. Este peculiar hecho llamó la atención de Edgar, el cual inmediatamente fue a averiguar lo que le ocurría. Está de más explicar que el chico no entendía del todo las peculiaridades de la maestra.
—¿Se siente bien? ¿Necesita algo?
—Sólo tráeme un poco de agua —pidió la maestra luego de ocultar su rostro detrás de una servilleta.
El muchacho obedeció y fue a buscar el agua. La encontró en una mesa cerca de la salida de emergencias del salón. Casi al mismo tiempo Carime le hizo compañía.
—Tu maestra actúa raro —comentó Edgar.
—Es parte de su carácter. A veces preocupa a las personas, pero ya verás que tiene un corazón de caramelo. Por cierto, ¿ya pensaste en la fecha de la boda con mi tío Leo?
Edgar se puso nervioso.
—No sé porque dices eso.
—Es evidente que lo quieres. Y bueno, todo lo que necesito saber es cuando te vas a casar con él.
El silencio se presentó entre ambos. De pronto Edgar entregó el vaso de agua a la niña y le dijo:
—Lleva el agua a tu maestra. Yo necesito ir a lavarme la cara.
Y en ese instante se fue al baño de caballeros. Dentro se lavaba la cara y se miraba al espejo. Al parecer algo en su imagen le perturbaba. «No tengo pechos, no tengo ningún parecido a una mujer, además que tengo algo entre las piernas que definitivamente no me hace mujer —pensaba—. Entonces ¿por qué siento esto por un hombre? No lo entiendo».
Él era el único dentro del baño. Pero eso cambió cuando Leo entró para lavarse las manos.
—¿Cómo te la estás pasando? —preguntó.
—Bien, bien. Ya me imaginaba que las bodas italianas son diferentes de las de nuestro país.
Ahora el silencio inundaba el ambiente. Sólo se cortaba con el sonido del agua y de la música que a lo lejos celebraba la unión. Repentinamente Edgar preguntó:
—¿Tú no tienes pechos verdad?
La pregunta desconcertó a Leo.
—Es obvio que no. Soy hombre y tú también.
Edgar parecía un poco triste.
Instintivamente Leo se acercó a él. Sujetó su rostro y preguntó:
—¿Por qué te sientes así? ¿Alguien te ha ofendido?
—No. No es eso. Es que Carime ha insistido tanto en que me voy a casar contigo que me he llegado a sentir raro.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que mi sobrina tiene algo mal dentro de su cabecita? No te debes tomar en serio todo lo que ella te diga.
—¿Y si tiene razón? Es decir, si no estuviéramos en esta situación seríamos simplemente los mejores amigos.
Leo se acercó todavía más. Edgar estaba ahora entre Leo y la pared. Sus cuerpos estaban demasiado cerca y esto provoco una reacción obvia que se sentía incluso con la ropa puesta.
—Ya sabes lo que dicen: «si no puedes enamorarte de tu mejor amigo ¿de quién lo harás?»
Acto seguido un beso. Edgar empezaba a experimentar un calor como nunca antes había experimentado. Sentía que quería estar con Leo. Sentía que estaba listo para todo. Se desamarró la corbata y desabrochó dos botones de su camisa. La lengua de Leo recorría su cuello para provocar un temblor excitante.
Sus miradas se cruzaron y el deseos de los ojos de Edgar se hacía muy evidente. A esas alturas ¿qué no lo era? Sin embargo todo se vino abajo cuando por la puerta entró Erick. Quedó pasmado al ver tal imagen. No fue el único, pues la pareja también estaba congelada y con la mirada sorprendida. «Regresaré más tarde» fue lo único que dijo y salió del baño. Al parecer tanto a Leo como a Edgar se les olvidó en donde estaban.
Más tardó en salir Erick que Alicia apareciera para preguntarle:
—¿Has visto a Leo?
Erick no sabía que contestar. En vez de ello farfullaba con incoherencias.
—¿Lo has visto sí o no? —reiteró su pregunta.
—No. Es decir sí.
—Erick, ¿sí o no?
—E-está en el baño. ¡Pero tú no puedes entrar!
—Soy una mujer.
—Me alegro. Porque así no puedes entrar a mirar.
—¿Está con alguien? —se empezaba a enfurecer.
Erick estaba nervioso. No sabía que hacer. En vez de ello dijo al ver a su hermana a lo lejos:
—¡Julia!
—¿Está con Julia? —preguntó Alicia molesta.
Ya estaba a punto de entrar cuando Edgar salía del baño.
—¡Ah! Alicia. Hola. Voy a ver si ya están sirviendo el pastel.
Tal actitud no fue importante para ella y lo dejó ir. Con molestia entró al baño y miró a Leo secándose las manos.
—¿Ocurre algo? —preguntó Leo al verla.
—No nada. Pensé que estabas con Julia aquí.
—Para nada. Sólo me vine a lavar las manos. ¿Te das cuenta que estás en el baño de hombres? No sé como sean las cosas por este lado del mundo, pero si puedo decirte que no te da muy buena fama.
Alicia se empezó a poner roja, y su vergüenza se incrementó más cuando el padre de la novia entró a usar el mingitorio. Su salida fue inmediata y Leo detrás de ella.
Estaba apenada y enfadada con Erick, pues pensaba que él le había jugado una broma. No paró de caminar hasta que llegó a la azotea, que parecía totalmente desolada.
—¿Qué te ocurre? ¿Por qué entras y sales así nada más?
Alicia volteó a verlo. Su única reacción fue darle una cachetada.
—¿Por qué fue eso? —preguntó molesto el chico.
Ella tenía los ojos llorosos.
—¿Crees que soy un trofeo? ¿Un adorno que le va bien a tu sala? ¿Crees que por ser amable ya soy la niña que todos pueden manipular? ¡Pues no! Te equivocas si crees eso. Juré que no permitiría a nadie tratarme como un ser inferior y eso haré. Si contigo me he limitado últimamente ha sido porque… porque…
No había palabras claras.
Leo contempló sus ojos y entonces preguntó con cautela:
—¿Por qué te has limitado conmigo?
Alicia retrocedió unos pasos. Una nuble que casualmente pasaba por ahí oculto al sol un instante. Y mientras la suave brisa soplaba ella dijo apenada:
—Porque te amo.
Todo estaba en silencio. El viento y la música del piso de abajo era la exclusiva interrupción. Sin decir nada Leo se caminó en dirección a ella. La sujetó por lo hombros y le dijo:
—Entiende bien esto: ¡Tú no eres un objeto! Eres quizá la persona más bella que he conocido en toda mi vida.
Alicia quería llorar, pero sus lágrimas se detuvieron cuando los labios de Leo se juntaron a los suyos. Fue un sentimiento cálido y confuso. De hecho en ese momento nada estaba claro para nadie. Las manos de él le rodearon la cintura y recorrieron centímetro a centímetro su cuerpo, sin llegar a convertir esas caricias en algo vulgar.
Luego del beso juntaron sus frentes y él dijo:
—Tienes unos labios tan dulces como la miel. Simplemente nadie se puede comprar contigo. Nunca.
Ella escondió su rostro en el pecho de él. Se quedaron así un rato. Todo parecía perfecto. Repentinamente Alicia se separó un paso y le dio otra cachetada.
—¿Por qué lo hiciste? —interrogó Leo sobandose la mejilla.
—Te lo mereces.
Y con una sonrisa se fue directo a la fiesta.
Leo se quedó contemplando como se marchaba y sobandose el área del golpe, pues ya era más que sabido que ella golpeaba con mucha fuerza. Sin embargo sintió una mirada. Al enfocar su atención a la derecha vio a Julia, fumando en una esquina y con los ojos abiertos por la sorpresa.
No se dijeron nada. En vez de ello Julia apago el cigarrillo y bajó al salón con mucha prisa. Tanta que Leo no pudo detenerla.
Si en un principio el juego era peligroso, ahora se había vuelto mucho más.
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