Capítulo 15
[Nuestra pequeña familia]
En cuanto los gemelos se enteraron del viaje al que Edgar estaba obligado a ir se pusieron a hacer miles de tramites y arreglos para modificar sus planes iniciales, incluso intervinieron en los asuntos de la universidad para que les dejaran los papeleos y transportes a ellos. No hubo resistencia por parte de la directiva cuando escucharon las palabras mágicas: «todos los gastos van por nuestra parte». Inclusive Marcel se unió a los planes de los gemelos con el apoyo a la escuela y el ofrecimiento monetario para los profesores inconformes con esos actos.
La salida oficial se había previsto para el viernes siguiente —pues como era de imaginarse los gemelos habían dado una fuerte cantidad de dinero para que los tramites, pasaportes y demás estuvieran listos a la brevedad.
—Ya sé que es difícil tratar de aprender un idioma en tan poco tiempo —argumentaba el profesor Filippo después de dar una clase de italiano al grupo que haría el viaje—. Pero también deben comprender que por lo menos deben poder comunicarse con los habitantes de aquel país en su nivel más básico.
—No importa si tengo que memorizar todo el idioma para mañana —comentó Julia con emoción—. No hay nada que me haga desanimarme para hacer este viaje. Siempre quise ir a cualquier ciudad europea y ésta es mi oportunidad.
—No seas tan impertinente —le reprendió Erick, su hermano mayor, que también estaba en ese grupo—. Que este viaje no te esté costando lo mismo que unas vacaciones a la playa no quiere decir que debes alardear sobre eso.
—No empiecen a pelear —dijo Edgar antes de que se pusieran a discutir como en la clase anterior—. Mejor concéntrense en las pronunciaciones que tanto les fallan.
Sin más que hacer o decir los hermanos se dieron las espaldas y empezaron a hojear los manuales que el maestro les había otorgado. Por su parte Alicia terminaba de hacer una investigación sobre las costumbres de Italia, pues quería aprovechar al máximo el viaje y no perder el tiempo aprendiendo cosas que ya podría saber por una investigación previa. Leo estaba aburrido y hacia unos dibujos chuscos en su libreta. Eduardo —que evidentemente estaba en el viaje también— parecía pensativo como de costumbre, pero en cuanto el profesor dio por terminada la clase, éste desapareció con gran prisa.
—Sólo faltan tres días para salir de viaje. Apenas y puedo esperar —dijo Edgar mientras caminaba junto con sus compañeros hacia la salida.
—Ya me imagino paseando en una góndola por los canales de Venecia —comentó Alicia con una mano en la mejilla—. Una agradable cena, una bella serenata y una noche fresca y hermosa. Simplemente seria una noche magnifica.
Leo no había dicho ni una sola palabra, sino que se mostraba pensativo —por obvias razones—, sin embargo nadie se preocupó en preguntarle las razones de aquel silencioso comportamiento, sino que se retiraron a sus respectivas actividades y le dejaron a solas.
—Papá, papá, ¿por qué las personas son diferentes? —preguntó Carime a su padre.
—Pues simplemente porque el mundo es grande.
—¿Y por qué el mundo es grande?
—Para que vivan todas las personas.
—Entonces, ¿el mundo es como una casa gigantesca?
—Exacto.
—¿Entonces por qué las personas no pueden vivir como una familia?
—Porque simplemente hay personas con la cabeza muy dura para entender las diferencias de este mundo.
Sin novedades transcurrieron los demás días, y, pese a que todavía faltaban ajustar algunos detalles menores, llegó el momento en que había que partir a Italia. En fila y en el aeropuerto los gemelos entregaban la respectiva documentación a cada uno de los pasajeros que iba a viajar: Leo, Alicia, Edgar, Julia, Erick, Eduardo, Marcel y el profesor Filippo. Sin embargo, luego de cada uno tuviera sus respectivos papeles, Leo notó algo extraño, y era que Alex y Axel tenían documentaciones extras, pero su duda se vio resuelta en cuanto vio en la lejanía a Carime, Aldo, Leticia y la maestra Cristina.
—Que lindo, vienen a despedirse de nosotros —comentó Leo con la esperanza de que no fuera lo que imaginaba.
—Te equivocas —dijo Alex—, ellos son los pasajeros que faltaban para completar nuestro grupo.
De inmediato Leo sintió como si un autobús le hubiera caído y sus ánimos se esfumaron. «¿Dónde será más conveniente suicidarme?» pensaba mientras veía a los demás caminar para abordar el avión.
—No te dejaré morir. Yo estaré contigo y no te pasará nada —le susurró Filippo al oído mientras sujetaba su mano con fuerza.
Luego de tomar suficiente aire procedió a avanzar con el grupo. Lo único que Leo pensó en ese momento fue: «sí, bien o mal ésta es nuestra pequeña familia».





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