Capítulo 16
[Un'altra tazza di caffè?]
Cualquiera pensaría que volar en primera clase sería un lujo, pero lamentablemente para Leo había sido una pesadilla. En todo el trayecto se la pasó preocupándose de que su sobrina hablara de más o que algo catastrófico sucediera. Eso sin mencionar los ligeros pleitos entre sus compañeros de vuelo.
Por fin, luego de una espera que le pareció eterna, aterrizaron en el aeropuerto de Venecia.
—Benvenuti a La Bella Italia (Bienvenido a La Bella Italia) —dijo un hombre al momento de entrar al aeropuerto.
—Grazie (Gracias) —contestó el maestro Filippo con un ademán animoso.
El grupo pasó a registrarse y poner en regla su estado de visitantes. No tardaron mucho pues, como en otras ocasiones, los gemelos había apurado los tramites con su frase de no me importa lo que cueste, o en italiano: non mi importa quanto costa.
Revisaron que no faltara nadie y que su equipaje estuviera completo.
A la salida abordaron cuatro taxis que los llevaron hasta un lujoso hotel cerca de la playa de Lido. Obviamente el viaje fue cansado y la distancia notoria.
Sin embargo nadie se quejaba, es más, la emoción de visitar aquellos rumbos era mas que suficiente para callar toda molestia.
Cuando llegaron al Hotel Russo Palace se maravillaron hasta del último detalle. No era la octava maravilla del mundo, pero por tratarse de un lugar en el extranjero todo era asombro. El hotel se situaba junto a la playa de Lido, cerca del Casino y del Palazzo del Cinema, y a 15 minutos del centro de Venecia en Vaporetto. Bastante cómodo para unos turistas como ellos.
—¡Mira! ¡Hay una pareja de novios en la recepción! —exclamó entusiasmada Carime en cuanto se fueron a registrar.
Como siempre Leo le reprendió:
—No empieces con tus ideas raras. No son novios, sólo son lo empleados de lugar. Que estén juntos no los hace una pareja.
Los empleados simplemente rieron. Quizá porque no hablaban español. O quizá porque si lo hacían y les parecía cómico.
La registración fue rápida. Todo iba a la perfección, excepto por un pequeño detalle. Las habitaciones debían compartirse por al menos dos personas.
—¿Siete habitaciones para catorce personas? ¿En qué estaban pensando? —cuestionó Leo a los gemelos.
—Hubiéramos conseguido más pero eran las únicas disponibles —contestó Axel—. Además, compartir la habitación no es tan incomodo como parece.
Todos se miraron con duda.
—Hagámoslo por sorteo —sugirió Filippo—. Cada uno tendrá un número y en base a eso podremos saber quién va con quien.
Todos apoyaron la idea.
Rápidamente la maestra Cristina y Aldo cortaron papelitos que marcaron con el número de la habitación. Todos en pares. Al terminar los colocaron sobre una mesa pequeña, procurando que el número estuviera oculto y sólo se viera lo blanco del papel. Revolvieron los números y todos tomaron un papel.
—¡Maldición! —exclamó Erick cuando vio que compartiría el cuarto con su hermana Julia.
—No te quejes. No es precisamente un placer estar contigo —argumentó ella caprichosamente.
Carime se alegró y daba saltos de emoción en cuanto averiguo que su compañera sería la maestra Cristina. Alex y Axel compartirían el cuarto; algo demasiado predecible. Filippo y Aldo integraban el siguiente par. Alicia y Edgar también eran compañeros. Por último estaban Eduardo y Leo, los cuales serían compañeros de habitación. Todos —o la gran mayoría— parecían conformes con sus puestos asignados. Aunque claro. Las sorpresas estaban a la vuelta de la esquina.
—Serve altro caffè? (¿Quiere otro café?)—preguntó un mesero a Edgar cuando vio su taza casi vacía.
—No, grazie. Sei molto attraente (No, gracias. Usted es muy atractivo) —respondió Edgar tratando de recordar sus clases de italiano.
El mesero rió y se puso una mano en los labios. Luego se retiro.
—¡Eso estuvo bueno! —exclamó Filippo con una carcajada.
—¿Qué estuvo bueno? —preguntó el chico con curiosidad.
—Que le dijiste al mesero que es muy atractivo.
Edgar se ruborizó.
—Lo siento. Trataba de decir que su café estaba muy sabroso, pero al parecer confundí los vocablos.
—No te disculpes —interrumpió Alicia—. Es un error que cualquiera puede cometer. Y usted profesor no debería burlarse de los estudiantes. Usted mejor que nadie sabe que ninguno de nosotros sabe hablar bien este idioma.
Los catorce continuaron con su descanso en el café «Bohemien Notte» luego de haber dejado sus cosas en sus respectivas recámaras.
Aldo no pudo evitar preguntarle al profesor Filippo:
—¿Qué clase de actividades estudiarán en este viaje?
—Oh, algo de historia, algo de sociedad, algo de idioma y cultura en general. Italia es un lugar perfecto para este tipo de actividades.
—¡Mira! Ahí hay otra pareja de novios —dijo Carime cuando vio a unos amigos pasar corriendo en una rutina de ejercicio.
—Por última vez te lo diré: ¡No todo lo que veas es gay people! —dijo Leo mirándole a la cara.
—Pero si tú estas a un paso de casarte con Edg…
Justo a tiempo logró taparle la boca. Por suerte nadie había escuchado bien el comentario.
De pronto Leo tomó a su sobrina de la mano mientras le decía a su padre:
—Préstamela un minuto.
Ambos se alejaron lo suficiente para hablar en confianza sin que los oyeran.
—Te propongo un trato.
—¿Cuál?
Leo inhalo hondo.
—Si no dices nada de Edgar y yo te concederé un deseo.
—¿Qué tipo de deseo? —pregunto interesada la niña.
—El que tu quieras. Te compro un pony, te regalo una caja de chocolates, te doy una muñeca. Lo que pidas siempre y cuando no digas nada.
Carime meditó cautelosa como buena negociante.
—Quiero una fotografía de ti y de mi tío Edgar dándose un beso.
La condición era muy comprometedora.
—¿Estás segura? ¿No preferirías alguna otra cosa?
—No. Quiero esa fotografía. Si no me la das gritaré que tu y mi tío Edgar estan a un paso del altar.
Amenazante la niña estaba a punto de gritar. Fue entonces que Leo dijo:
—Está bien, está bien. Te daré una fotografía de nosotros, pero a cambio deberás tener la boca bien cerrada.
Carime aceptó el trato e hizo un ademán cerca de su boca simulando que era un cierre.
Mientras ellos hablaban, en otra mesa, Edgar y Alicia charlaban.
—No entiendo por qué Marcel no quiso venir con nosotros. Después de todo el fue quien me convenció para aceptar este viaje. hasta me dio algo de dinero.
—Seguramente tuvo otras cosas que hacer. Al regresar a México podrás conversar con él.
Alicia suspiró.
—Ya qué me queda.
Los dos cruzaron la pierna derecha a la vez.
—Eso sí fue extraño —comento Alicia.
—¿Qué fue extraño? —pregunto el chico que hasta ese momento no se había dado cuenta de ello.
Alicia señaló sus piernas. Ambos rieron.
—Si no lo supiera diría que eres como mi gemelo.
Edgar se sonrojo un poco, pues pensó que si fuera el gemelo de Alicia entonces le tendrían que gustar lo chicos —cosa que era bastante absurda pero que se le vino a la mente—. Lo curioso de esto era que en verdad le gustaba un chico.
—Ya he terminado de tomar mi café. Esperaré a que los demás terminen para ir al hotel —comento Alicia—. Quiero darme un buen baño de agua caliente.
Mientras la mayoría charlaba y se la pasaba a gusto, la maestra Cristina se percató de algo curioso: Eduardo estaba muy serio y algo nervioso —se notaba porque su mano temblaba al alzar la taza.
—¿Qué tienes? —preguntó la maestra curiosa.
—N-n-na-nada —respondió él.
—No soy tonta ni nací ayer. Se nota a leguas que algo te pasa.
Eduardo se sonrojo casi imperceptiblemente. Inhaló y exhaló con fuerza.
—Es que nunca había estado en Italia.
—Entiendo que te pongas nervioso, pero no es para tanto. Es como una excursión.
—Sí, lo sé. Pero no puedo estar tan tranquilo cuando… cuando… cuando llegue la noche.
—Creo que exageras. las noches aquí con como en México. Sólo cambia el área geográfica.
Eduardo se sonrojó otro poco y entonces pensó: «sí, las noches son iguales. Pero aquí él y yo estaremos solos y tan juntos que quizá pase un accidente».





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